El Parterre es uno de esos bares de barrio, que sin que nadie sepa por qué, se ponen de moda en verano, llenando la terraza de gente; familias con niños que corretean entre las mesas poniendo a prueba el equilibrio (y la paciencia) de los camareros.
Alma, de dos años y medio, trataba de triturar con sus dientes un pico de pan, empeñada en no soltar la monedita de un euro que la abuela Encarna había sacado de su bolso.
-Toma, tesoro, para chuches -le dijo.
Puso mala cara el yerno porque no quería que la cría se dejara las muelas con tanta golosina, pero la abuela hacía siempre caso omiso de las muecas de Sebastián.
La mesa que ocupaba el matrimonio con la niña y la anciana estaba cerca de unos maceteros. Allí, donde estaban sembradas las gitanillas, fue a parar la monedita. Al menos por allí sonó al caer, porque era ya tarde y la luz del sol de junio se había ocultado y no se veía bien entre las macetas.
La cría trató de bajarse de las faldas de la madre, pero ésta no le dejó.
-Yo te daré otro eurito, cariño. No llores.
Pero la niña pugnaba por bajarse de la falda a pesar de que la abuela le puso otra moneda en la mano. Nada. Seguía llorando, revolviéndose para bajarse.
-Pero Alma, tooma. Si aquí tienes otro eurito. Anda, papá, dale algo tú.
El padre abrió su billetera y puso un billete de 10 euros.
-Tesoro, mañana te compra mamá un juguetito, pero no llores.
Nada.
Finalmente la cría logró desembarazarse de los brazos de la madre. Durante un rato anduvo entre las macetas, agitándolas ante la atenta mirada de sus padres y su abuela.
Al poco la cría se dio la vuelta con un ramillete de gitanillas y se las dio a su abuela. Luego se fue a correr entre las mesas, olvidando el dinero y el juguete prometido.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)