Está perdido y lo sabe. Lleva más de treinta minutos acorralado en aquel avispero. Parapetado tras un tanque que ardió hace tiempo, sabe que se queda sin munición, que los francotiradores acechan y que la explosión que le ha volado la mano será su perdición.
Despacio, asoma la cabeza y ve el panorama desolador de las casas destruidas, los cascotes alfombrando la carretera, y los muertos que siembran de horror el paisaje urbano de Stalingrado. Nieva.
Pero nada de eso preocupa a Alexander. Detrás hay una puerta que en cualquier momento puede abrirse. Entonces todo terminará. No habrá merecido la pena el esfuerzo, los muertos y haber llegado hasta allí. Ronda entonces la idea de salir del escondite y permitir que los francotiradores lo acribillen a balazos. Pero se resiste a hacerlo. Carga su pistola y respira hondo. Suda. El corazón late deprisa, desbocado y feroz. Oye pasos a su espalda y piensa que es el fin.
La puerta se abre. Pasa delante de él sin decir nada y desenchufa la consola.
-¡Es la cuarta vez que te llamo para comer, niño!
Alexander no dice nada.
-Esta noche volveré -piensa mientras suelta el mando y se levanta de la silla.