Siempre exigió que lo llamaran don Fermín, pero ahora las cosas venían mal dadas, de modo que toda su arrogancia naufragaba en la tempestad de los años.
Miró de corriente por encima del hombro a los demás, subido en los escalones de su riqueza y su afectación. Pero ahora estaba allí, viendo un techo blanco, con una luz aséptica y el silencio hiriente que solo da la soledad de los vencidos; aquella que baja la cabeza y humilla ante el feroz peso del final de los días.
En la otra cama no había nadie. Ya no. Había entrado la parca de puntillas y se había llevado al anciano que tenía a su lado. Sin hacer ruido, sin dones ni dinero; sin más patrimonio que los suyos y las lágrimas que derramaron por él.
En ello pensaba, angustiado y exhausto, la mirada perdida, las fuerzas doblegadas, sin que ni su poder ni su insolencia vinieran a rescatarle. Al poco, bien deprisa lo entendió, su cama también quedaría vacía. Y ya no habría más don Fermín que el que escribieran en su lápida.