Las tizas

07/11/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Se le habían enredado a Ceferino la vida y los años en las piernas. Caminaba despacio, racheando sus pies menudos, la gorrilla encasquetada en la frente, la chaqueta ajada y la mirada líquida de ojos azules, desleída por el transcurrir de su existencia.

Era junio y el colegio del pueblo estaba en silencio. Los niños estaban en sus casas o tal vez en la playa, lejos de allí. Por un momento recordó aquel patio bullicioso, los críos corriendo al sol templado de abril, destellando el envoltorio de los bocadillos y las sonrisas de la edad de la inocencia.

Siguió después su paseo entre algún saludo y un cafelito en casa Robles, el bar de toda la vida. Allí le dijeron que se habían enterado de la noticia, pero que estaba bien que descansara de una vez; que corría la vida lo mismo que una liebre, y que las cosas, mal que le pesara a él, cambiaban inexorablemente.

Es cierto, pensó mirándose al fin las yemas de los dedos manchadas del polvillo blanco de yeso con que fabricaba las tizas para aquel colegio y muchos otros. Ya apenas se usaban las pizarras de siempre, ya no se vendían gamuzas para borrar, ni se escuchaban en el silencio reverencial (también eso había cambiado) el ras-ras de la tiza sobre el panel oscuro, aquel dónde se gestaban problemas matemáticos o se enseñaba el abecedario.

Ahora todo eran monitores, teclados y cables (a veces ni eso). Los niños no se manchaban ya del polvillo de la tiza. Los maestros tampoco, o cada vez en menos sitios lo hacían.

“Todo pasa y todo llega, pero lo nuestro es pasar”, decía Machado.

Ceferino pagó el café y volvió a casa pensando en cuántos niños -hombres ya- habrían usado aquellas tizas que fabricó durante tantos y tantos años.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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