Levantera (y II)

10/07/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Celestino Gambito debió admitir que aquella jornada en la playa no iba a ser agradable, pero no lo hizo. Allá fue, escalerillas abajo, con su señora y todos los pertrechos para pasar el día: un sombrilla (de propaganda, por supuesto), una nevera descomunal donde entraría el hielo que hundió al Titanic, dos sillas, una mesa plegable (de esas que cogen unos pellizcos de narices y además no hay quien las cierre), una bolsa con toallas y dos con comida. También llevaba la radio. Cubitos y palitas para hacer castillos no, pero era lo único que faltaba.

El viento, en tanto, soplaba a ráfagas, pero aun así, Celestino se empeñó en clavar la sombrilla en la arena a pesar de las advertencias de su esposa. Tres segundos y dos décimas duró el sombrajo, que salió volando por Vigalpe y llegó al espigón de la Puntilla.

¿Creen que eso amedrentó a Gambito? No. Montó la mesa, abrió las sillas y se fue al agua. Cuando volvió, las dos sillas estaban tiradas. En la mesa la arena se acumulaba rodeando las fiambreras. Su mujer, en tanto, agarrándose la pamela con las dos manos, suplicó con la mirada que cogieran los trastos y se marcharan.

-Sí, no vamos -dijo Celestino sacándose el agua de los oídos con el meñique-: está el agua muy fría.

Encarna, recogió como pudo, luego se dio la vuelta y murmuró:

-Me voy yo a fiar para otra vez del Celestino, del wingurú ese, y de su puñetera madre.

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