Celestino Gambito había preparado y programado aquel domingo desde hacía dos semanas. Y durante esos 15 días se dedicó a comprar pertrechos para la jornada playera, pero también a mirar tres veces al día los partes meteorológicos y el wingurú, una web que predecía lo mismo el viento en Matalascañas, que un tornado fuerza 10 en las costas de Florida. Mucha flecha y muchos colorines. Gambito picaba con el ratón aquí y allá con mucha diligencia cada vez que la señora le preguntaba, pero lo cierto es que entender, lo que se dice entender, Celestino no entendía un carajo con tanto simbolito y tanto colorín.
Al final, con un leve resquemor, vio a la chica del Telediario advirtiendo del temporal de levante en el Estrecho. De nada sirvieron las palabras juiciosas de su mujer. Comprada la nevera (por supuesto en un chino), y preparada la comida en cantidad suficiente para supervivir tres meses en una isla desierta, tomaron el coche desde el pueblo sevillano de Maltorta de Feriales, y se pusieron en camino rumbo a Valdelagrana (El Puerto de Santa María, Cádiz).
A medida que iban llegando a la provincia gaditana los árboles veían sus ramas retorcidas y el coche daba unos bandazos de mil demonios.
-Yo creo, Cele, que tendríamos que dar la vuelta -musitó doña Encarna, dulce y pausada como un videoclip de Los Panchos.
Pero era Celestino más cabezota que nadie, y allá siguió rumbo a Valdelagrana.
Cuando llegaron a mediodía, con más calor que el entierro de Tutankamón, comprobaron que la playa estaba desierta, y que la arena se levantaba con una mala leche que ríase usted de Fernán Gómez cabreado.
(Continuará…)