Los años feroces que vendrán

09/12/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Mira su madre a Román, su segundo hijo, con la ternura que solo una madre puede hacerlo. Allí está el chiquillo, alejado de los otros niños que le dan patadas al balón, mientras sueñan ser Casillas o Messi. Román, en silencio, junto a dos amigas del colegio, pega en un álbum cromos de una serie de televisión, aquella donde una chica pija es la sensación del instituto, con su belleza y su fondo de armario interminable.

Mira la madre sentada en un banco, mientras las otras madres hablan de esto y lo otro. Ella, en silencio, observa al pequeño Román (que a la semana siguiente cumple diez años) con los ojillos encendidos, viendo las estampitas, el vuelo de una de sus manos, su ademanes alejados hasta el infinito de los gestos bruscos de los aspirantes a futbolistas que patean la pelota a unos pocos metros de donde está su niño. Y respira hondo la madre al verlo, porque le parece ayer cuando Román empezó a andar y a decir sus primeras palabras. Y ahora… ahora juega a lo cromos con las niñas y habla con ese deje precoz afeminado, de hombrecillo que solo lo será hombre por el sexo que aguarda timorato y aún virgen en sus pantaloncitos vaqueros.

Y la madre suspira por las burlas que vendrán, por los chistes que le harán. Y después de ese suspiro lo llama "Román, ven, hijo" y el niño viene y ella lo abraza, porque quiere preservarlo de la ferocidad de los años que le esperan, mientras le cubre de besos y desea, por encima de todo, que sea feliz.

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