Ha repasado los números y ha comprobado que una semana más no llega. De un puchero de diez euros ha hecho ya cinco comidas pero ahora no le alcanza para comprar el butano, que debe pedírselo prestado a la vecina, cuyo marido al menos cobra el subsidio por ser mayor de 52 años y estar en paro. La ley de transparencia de su casa no incluye las opacidades que se permiten otros. Sus cuentas están claras. Se llama Juani y es madre soltera de dos niños, que han tenido que reciclarlo todo para el nuevo curso y que hace tiempo que saben lo que es llevar rodilleras en el chándal y tener los deportes rotos. A Rosita, la del marido parado de larga duración, se le acaba de marchar su hijo mayor a Londres. Con suerte, a base de becas, logró que se licenciara e incluso tuvo la suerte de poder hacer un máster cuando esa palabra no había vuelto a ser coto privado de las elites. Pero resulta que Juan, como su padre, trabaja ahora diez horas limpiando WCs, refugiado de la neblina londinense y lejos de un país natal del que no salió en patera. Fue en un vuelo de bajo coste hasta Stansted.
En el piso de arriba de este bloque ficticio de cualquier plaza de barriada de cualquier ciudad o pueblo de España también vive Manoli, una entrañable abuelita que ama por encima de todas las cosas a sus dos nietos. Hace unos meses le diagnosticaron cáncer y justo en estos momentos desconoce cómo llegará a fin de mes si le van a recortar su pensión, tiene que copagar su costoso tratamiento y, entretanto, debe ayudar como pueda a su hijo, su nuera y sus nietos, todos ellos desempleados, todos ellos desesperados y tratando de sobrevivir. Se muere de incertidumbre y temor, y ha pensado incluso en llamar a algún programa de esos que emiten en la tele pública de ayuda a los necesitados. Aunque se resiste porque piensa que sería vergonzoso y humillante, y piensa -con otras palabras pero lo piensa- que eso no es más que una rueda exhibicionista de la caridad que suple la justicia social que debería proporcionar el desmantelado Estado del Bienestar. Todo por la patria, todo por la audiencia.
A Manoli también le da mucha pena Gladys. Si pudiera también le ayudaría porque ella sabe lo que es la necesidad de la posguerra y comer dos coscorrones de pan al día. A veces le da algo de comida y hace unos meses incluso le pagó algún recibo para que no le cortaran el agua y la luz, que vuelve otra vez a subir este mes. Ahora Gladys está a punto de ser desahuciada mientras pensaba en regresar a Ecuador. España ya no es aquel país próspero al que llegó hace diez años. Desde su ilegalidad y pasando por empleos precarios, logró a base de esfuerzo y entrega trabajar de comercial de una promotora con muy buena remuneración. Ahora sólo le queda una enorme hipoteca que ya no puede asumir y está en un angustioso laberinto de deudas del que no sabe cómo escapar. Igual de frustrante que la situación de Antonio, un bonachón septuagenario que ha perdido todos sus ahorros cuando un tipo sin escrúpulos de una caja le recomendó encarecidamente que apostará por contratos de preferentes, que no se iba a equivocar, que confiara en él. Y confió. Él, que casi no sabe ni leer ni escribir y que siempre pensó que el mejor sitio para guardar el dinero era bajo su somier de muelles. Su esperanza ahora está en una sentencia judicial que obligue a la entidad a devolver su dinero. Pero la dama de la espada y la balanza repta lentamente y la cosa no avanza. Teme que le pase como a su mujer, que falleció esperando que le llegara una valoración sobre si tenía derecho a acceder a la Ley de Dependencia. Al igual que los demás personajes ficticios, y a la vez tan reales, Antonio se ha sentado a mediodía a ver las noticias frente a su televisión. Y al igual que el de los demás, su cerebro queda anestesiado con esa misma cantinela mortecina de todos los días: y tú más, y tú más, y tú más, y tú más…