A principios de esta semana en la que nos han impuesto Halloween como acabarán imponiéndonos el seguro médico y el plan de pensiones privado, daba cobijo Jerez en forma de ostentosos cocktails y caros ágapes a algunos de los monstruos más aterradores del tiempo que nos ha tocado vivir. La sombra de ese Nosferatu subiendo la escalera en la versión muda de Murnau era el reflejo del acaudalado empresario y el millonetis banquero frente a la escalinata del Villamarta, con cada vez más pobres de solemnidad cruzándola para ir a algún comedor social o para desprenderse de todas sus austeras posesiones en algún cercano local de compraventa. Esa es la realidad de este país, de esta ciudad. Lo del interior del Teatro era eso precisamente, puro teatro. Pura fantasía animada de ayer y hoy. Hombres del saco contemporáneos sin la candidez y el romanticismo de los mitos de terror de la Universal: aquellos hoy casi nos provocan risa por su ingenuidad, estos otros nos acojonan de verdad por su tangible maldad y ambición desmedida.
Tienen colmillos chupasangre a lo Drácula Lugosi aunque sus víctimas son tan sumamente de carne y hueso que algunas incluso ponen nombres a las esquelas. No son criaturas con harapos y ropa desgarrada manchada de sangre hecha de jarabe de maíz, con sábanas fantasmagóricas y caretas de goma con tornillos en el cuello. Son monstruos que se desplazan en berlinas de lujo, visten elegantes y caros trajes, se perfuman con caras esencias, y portan alta tecnología y maletines repletos de grandilocuencia y cruciales negocios para seguir amasando fortuna. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga. Monstruos engominados y ahogados por corbatas de seda que aun teniendo 10.000 millones de euros de beneficios en plena crisis son muy capaces de acometer una truculenta orgía de sangre que acabe con 6.000 trabajadores en la calle. Personajes funestos que vivían como reyes especulando y que ahora viven como príncipes buitreando la carroña infecta mientras manejan como titiriteros a quienes hacen como que nos gobiernan democráticamente.
El otro día, gracias a la diligente labor policial, se pudo diferenciar a la perfección los dos planos de esa doble realidad: la de la calle y la del teatro. De un lado, los muertos vivientes de la recesión y el virulento paro; tras la fachada, los grandes triunfadores del siniestro negocio de la crisis. Según la revista Forbes, 30 familias españolas a través de sus conglomerados empresariales controlan la riqueza del país, unos 32.000 millones de capital, mientras que el número de millonarios nacionales aumentó un 13% en el último año hasta las 402.000 personas, según el último informe sobre la riqueza mundial que publica el banco (suizo, para más señas) Credit Suisse. El Príncipe reclamó más emprendimiento obviando que luego para montar una nueva empresa este país está por detrás de Uganda y Eslovaquia en facilidades. Hablaron veladamente de que quieren colapsar absolutamente todo lo público a golpe de reformas eternas para que todos caminen como zombis hacia el negocio de lo privado. Y hablaron también del fin de la recesión con la imagen triunfal de Botín tocando la campana en Wall Street.
Seguían en su cuento de terror gótico. Sin acercarse al comedor del Salvador, ni bajar a ver los restos del naufragio en el Mopu o el Titanic; sin asomarse a las casitas bajas, sin ir a la puerta de la Plaza o al compro oro que surge en cada esquina… Esa otra realidad donde lo que fluye no se llama dinero sino miseria y desesperación, y donde la mayoría solo quiere que la luz de esta sala que nos envuelve se encienda de nuevo y de ese modo acabe de una vez esta irrespirable historia de terror. Quizás pronto acabe la película pero los monstruos, siempre sedientos de sangre, seguirán mirándonos con gesto acechante.