En este tiempo de tregua, entre la lluvia y la cercana
Navidad, leo a Estrabón, como leo a otros clásicos y me recreo repasando la
segunda parte de su libro III de Geografía. Aquella Bética Romana. Hay un
estupendo capítulo que dedica a nuestro litoral. Un escritor proveniente del
Ponto y que redactó sus libros en el siglo I. Gracias a él tenemos abundantes
noticias de lo que entonces se conocía de estas tierras. El capítulo dedicado a
nuestras costas y a sus riquezas es estupendo y caminando por nuestros
mercados, por nuestras lonjas y por nuestros puertos pesqueros, encontramos la
razón antigua de tantas riquezas. Para muestra, basta este botón:
“En todo el mar exterior sobresale la
cantidad y el tamaño de todo tipo de ostras y almejas, pero especialmente allí,
porque las pleamares y las bajamares son mayores, y es lógico pensar que sean
las responsables no sólo de la cantidad sino también del tamaño a causa del
ejercicio que provocan. Algo similar sucede con respecto a todos los cetáceos,
orcas, ballenas y cachalotes (cuando exhalan el aire producen a los que miran
de lejos la visión de una columna nebulosa). También los congrios parecen
monstruos, ya que sobrepasan el tamaño a los que se encuentran en nuestras
regiones, y también son mayores las morenas y el resto de estos peces… También
es grande el número de atunes que confluyen aquí procedentes del resto del
litoral exterior; son gordos y gruesos. Se alimentan de la bellota de una
encina que crece en el mar, completamente a ras de fondo, y que produce un
fruto muy voluminoso (este mismo árbol crece también con mucha abundancia
en la tierra de Iberia, con raíces grandes como las de una encina crecida, en
cambio su tronco es menor que el de una pequeña); produce un número tan grande
de frutos que tras su maduración tanto el litoral de más acá como el de más
allá de las Columnas está repleto de los que arroja allí la marea; pero de la
parte de más acá de las Columnas es siempre más pequeña y se encuentra en mayor
abundancia […].
“[…] este animal es como un cerdo que
habita en el mar, pues le gusta la bellota y engorda particularmente con ella y
así, cuando hay abundancia de bellotas, también hay abundancia de atunes”.
Nuestro mar y sus frutos, los atunes, nuestras almadrabas…
Algunos de estos frutos cuya riqueza se conocía desde antiguo, ya han sido
esquilmados de nuestras costas. Razón de más para mirar esta mina de riquezas
con otros ojos y tratarla con el cuidado que merece. En este tiempo, en el que
más nos acercamos a sus playas, pensar en estas descripciones de Estrabón,
simpáticas en algunas de sus comparaciones, nos hacen reflexionar sobre nuestra
pesca y la contaminación de nuestros mares. Como el mismo Eslabón también
afirma, exportábamos ya entonces, salazones a Roma, elaborados en nuestras
costas. El que tuvo retuvo, pero no podemos descuidarlo. El futuro de nuestros
mares está también en nuestras manos. Ellos nos devuelven su riqueza desde los
mostradores de pescado de nuestra plaza de abasto, y en estas noches de
zambombas en el tabanco, desde los platos que devuelven a nuestro paladar el sabor
de la mar convertido en ricos alimentos.