Aún recuerda el tibio olor que impregna su camisa y tal vez su piel. Lo acaba de dejar en casa, tres horas después de conocerle en un bar de copas. Tiene en los labios el sabor dulzón del ron de caña y la cola con hielo. No está borracha, pero sí gravita en una volátil nube de euforia.
Clemente le ha dicho que se lleve el coche porque ha tomado más copas de la cuenta.
-¿Estás seguro?
-Claro. No pasa nada. Es el coche de la empresa, pero me he quedado con esos ojos del color del mar, no escaparás. -Ella sonríe e intenta darle un beso, pero él se despide dando un tumbo y camina hacia el portal de su casa.
-En la guantera está mi tarjeta. Llámame y almorzamos juntos si quieres.
Ahora escucha a Barry White. No puede creerse todo lo que le ha dicho. Clemente tiene 35 años, no es lanzado, no salta de cama en cama, a pesar de que es increíblemente guapo. Ana recuerda eso mientras imagina aquel beso que el hombre no ha querido darle.
Cuando va a arrancar el coche algo brilla bajo el asiento. Lo coge. Es un pendiente. Ana frunce el ceño. Encajado en el asiento hay otro diferente. Y en la guantera de la puerta dos más, todos distintos.
La joven maldice, tiene ganas de gritar, de llorar porque el tal Clemente es un farsante, un lobo con piel de cordero. Lo va a llamar, claro que lo hará. Entonces abre la guantera y allí están las tarjetas.
Le da igual la hora. Pulsa los números deseando llegar al último y llamarle cabrón, pero cuando va a hacerlo termina de leer lo que hay sobre el número de teléfono:
CLEMENTE ADIZ RONCERO REPRESENTANTE DE BISUTERÍA Y COMPLEMENTOS
Ana sonríe e, instintivamente, besa la tarjeta.