Pesadilla en la cocina

23/07/13 +Jerez Paco Sánchez Múgica

Muchos negocios hosteleros de Jerez temblarían si de repente se dejara caer por sus locales el televisivo chef Alberto Chicote. Con su camisa extra ancha de corazones de Agatha, les pegaría una rajada monumental por no hacer las cosas como hay que hacerlas. Luego, se iría a cualquier sitio en condiciones, que los hay por supuesto, para disfrutar y deleitarse con la riqueza de la gastronomía local. El conductor de la versión española de ‘Ramsay\'s Kitchen Nightmares’ es un azote para los bares y restaurantes que acuden desesperados para que el restaurador madrileño remolque hasta tierra firme auténticos naufragios. Y el principal problema que casi siempre presentan estos negocios es la falta de profesionalidad y, fundamentalmente, la pésima relación calidad-precio que exhiben en sus mesas y manteles. El otro día un amigo publicó en Twitter una foto del ticket de un céntrico bar (cuyo nombre omitiremos por no ser muy cabrón) que le clavó tres eurazos más el IVA del 10% por una tapita de ensaladilla del montón. Sin una mísera gambita que dijera aquí estoy yo para justificar tamaño hurto a papa pelada. En la barra del local, insistimos en pleno centro jerezano, se amontonaban los botes de Mistol y quitagrasa, mientras que la manipulación de los productos no se hacía con más esmero que el de las manos en contacto directo con los alimentos. No hace mucho también leí una carta en un periódico local donde un turista expresaba indignado que le habían clavado el estoque hasta el corvejón en otro negocio del centro histórico, aprovechándose precisamente de su condición de visitante supuestamente despistado y, para colmo, endilgándole productos no ya de dudosa calidad sino de dudoso buen estado. Es lo que tenemos.

Muy difícil vivir de los servicios, y por ende del turismo, si lo que se vende es de tan poquísima calidad y poca profesionalidad. Los años de bonanza en los que los pobres cada vez eran más ricos sirvieron también para democratizar el turismo, e incluso las visitas asiduas a los buenos bares y restaurantes, y todo eso motivó que ya no sea tan fácil dar coba al personal que se sienta a tomar algo en una terraza. La crisis, además, no da para muchos alardes, por lo que lo poquito que se consume se espera que alcance grandes cotas de excelencia, en calidad y en precio, claro está. No hablemos ya de los guiris, que por mucha barrera idiomática que exista entre ellos y nosotros (sí, tenemos un problema con el inglés), hay que ser muy bobo para pensar que se les puede dar por las buenas gato por liebre en la paella. Luego está quien abre un bar y es tan inconsciente que te mete el puyazo el primer día, lo que provoca una ingente cantidad de pan para hoy y mucha hambre para mañana, ya que el cliente ni volverá a cruzar la puerta, ni hablará bien del sitio tras el atropello (perdiendo la posibilidad del tan necesario boca a boca para que los negocios funciones). Ya saben, si me engañan una vez la culpa es tuya; si me engañan dos veces, la culpa es mía. La torpeza de muchos supuestos hosteleros locales es enorme y sus habilidades para regentar negocios tan pobres y malas como las pulguitas del 100 montaditos. Yo no tengo ni pajolera idea de cómo llevar un establecimiento hostelero, pero sí sé cómo me gusta que me atiendan, me sirvan y, muy especialmente, me cobren cuando voy a tomar un pincho. Y ustedes, como yo, saben que si el chef Chicote se dejase caer por algún local espesito cerquita del conjunto escultórico de Benlliure no tendría manos para limpiar la pringue: ni de las paredes de la cocina, ni del ticket que haya escupido la caja registradora. Una pesadilla, vamos.

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