A base de querer inmortalizarlo todo con un aparato digital parecemos habernos olvidado de inmortalizar con el corazón y la cabeza. Para qué pensar o recordar, si ya los gigas almacenan por nosotros hasta nuestros sentimientos más profundos. Llevo un par de días merodeando las redes sociales, por aquello de variar en este mundo de animales de costumbres, y ya anda uno empachado de copiosas cenas navideñas ajenas; de salones engalanados por encima de sus posibilidades; de posados ante el aparador o la consola de la entradita sin gracia; o, casi peor aún, empachado de autofotos (ahora también llamadas selfies) de gente poniendo morros arregladita y con el romi del cuarto de baño de fondo. Tan cerca de la estantería que guarda el prozac y el lexatín que no se sabe dónde empieza el gesto de forzada felicidad y acaba el estrés, la ansiedad y la depresión. Tós por igual, que dirían aquí en cualquier largo Viernes Santo.
Alguien cambia una y otra vez de canal. El discurso del Rey, de nuevo trascendente por su intrascendencia; Raphael, en la tele pública estatal, otra vez en su obsoleto divismo de Nochebuena reeditando una gala de la pandereta con duetos a cual más hortera. Todo muy de El Corte Inglés, muy del gusto de los que parten el bacalao: los bancos y las multinacionales. Y la tele pública andaluza, en su línea habitual: exhibiendo un año más todo lo chusco y decadente que inunda esta Andalucía libre… de riqueza y empleo. Infumables artistas de medio pelo y cómicos sin gracia alimentados por el machismo y los chistes verdes pasadísimos de rosca. Deberá ser el ritual anual de esa a la que los niños cantan desde tiempo inmemorial nuestra Navidad. Catetismo ilustrado. Ni atisbo de talento e ingenio en la caja tonta que domina el horizonte de la Nochebuena hasta el canto del Gallo. Fiel reflejo de la indigencia espiritual e intelectual que inunda cada rincón de esta época sombría que nos ha tocado vivir.
Apelemos a la solidaridad. Aparecen en las noticias los menesterosos de solemnidad y rápidamente me acuerdo de una de las grandes obras maestras de Berlanga. Me acuerdo de Plácido, donde la burguesía era llamada por el franquismo a sentar a un pobre en su mesa para lavar conciencias requiriendo a la caridad cristiana y donde el protagonista peleaba a duras penas porque no le embargaran su motocarro. Si la han visto, vuelvan a verla. Los pobres son nuestros hermanos, se repetía una y otra vez en esta negrísima caricatura trazada a pulso en un guión del maestro Rafael Azcona que debía sortear por primera de muchas veces la severa censura del momento. Eso era la Nochebuena de los años 60 del siglo pasado, pero 50 años después todo vuelve a ser igual en esta España eterna. Hasta la censura. El conservadurismo compasivo y confundir los actos puntuales de bondad individual con la necesaria justicia social que debería imperar en un Estado que creíamos tan avanzado como el nuestro ya vuelven a estar a la orden del día. Más aún en la Navidad de un país donde hace poco las administraciones públicas regalaban a los niños ordenadores portátiles en las aulas y en la que ahora muchos de esos niños no tienen ni desayuno que llevarse a la boca. Cambio de canal de reojo sin darle a me gusta. Sigo tan plácidamente manipulado por los medios de masas y convenciéndome a mí mismo de que otro mundo es posible sin hacer nada más que lo que ya hago. Que ya es bastante.
Paco Sánchez Múgica (periodista)
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