Salada claridad

23/06/17 +Jerez Juan Félix Bellido
Estamos ya metidos en harina veraniega. Los calores parecen haberse ya asentado en estos lares y todo huele a veraneo, como comentábamos en el artículo anterior. Los colegios han dado por concluido el curso y los patios poblados de carreras, de juegos, de griterío infantil se han quedado desiertos. Todo empuja a irse a la playa. Y yo ayer por la tarde, tuve la suerte de darme por segunda vez un paseo por la costa, por nuestra costa, la más cercana y a veces, menos aprovechada. Estuve acompañando a Ramón Clavijo que en la Fundación Caballero Bonald presentó un libro sobre los viajeros del XIX y del XX por la costa gaditana. Y digo que tuve la oportunidad de darme un paseo por segunda vez, porque ya lo había dado cuando tuve la dicha de leerlo aún en manuscrito. ¡Cómo han cambiado nuestras playas y su entorno! Se hace evidente repasando aquellas descripciones que los viajeros del XIX hacían de aquellos insólitos parajes y de sus pueblos de pescadores, cuando osaban adentrarse por esas costas, aún casi vírgenes que con tanto empeño y ambición económica nos hemos ido encargando de arruinar. Aquellas casetas de madera pintada a rayas  a cuya espalda se extendían dunas y pinares. Tarde ya lloraría Alberti la Arboleda Perdida. Recuerdo mis viajes de infancia, menos épicos que los de los viajeros del XIX, en el ferrobús hasta El Puerto, o en los Transportes Comes, directamente a Valdelagrana desde la Plaza del Arenal. Domingo de playa con tortilla y sandía refrescándose en la orilla al vaivén de las olas. Más tarde nuestras escapadas llegarían a Cádiz, Chipiona, Sanlúcar…Sanlúcar, un lugar que tiene a la vista en 1870 Edmundo Amicis cuando escribe: “El cielo tenía un maravilloso color de zafiro, sin que lo anchase una sola nube, y el mar se dilataba tan manso, que parecía un inmenso tapiz de aterciopelada seda... En lontananza relámpagos de plateada luz, y aquí y allá altas y blancas velas, parecidas a flotantes alas de gigantes ángeles caídos.” (“España. Impresiones de un viaje durante el reinado de Amadeo I”. Barcelona, 1895). Nuestras Costas, las que nos regala Ramón Clavijo en su libro, las que han perdido mucho de sus encantos, pero que, a pesart de la invasión del cemento, aún nos devuelven mucha de su belleza, la que encantó a los viajeros extranjeros que nos visitaron, las que encantan a los viajeros de hoy, del siglo XXI, y las que tenemos a un paso, esperando que las disfrutemos.

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