Jaime ya no quiso saber nada de aquel equipo, y mucho menos de su estrella. Había permanecido durante tres horas y media frente a la puerta del hotel, pasando frío, y se había mojado, porque la lluvia, de tanto en tanto, caía racheada por el viento. Había allí mucha gente esperando a que el conjunto saliera para montarse en el autobús camino del aeropuerto que les llevaría a su ciudad.
El equipo había conseguido una contundente victoria, de modo que todos estarían contentos, dispuestos a atender a los seguidores como él.
Pero no fue así. Las puertas del hotel se abrieron y Jaime, como el resto, permaneció atento para ver a su jugador favorito y entregarle el dibujo que le había hecho la mañana anterior. Todos salieron rápido, saludando sin muchas ganas o con los auriculares puestos, sin hacer caso a casi nadie.
Jefersson -vamos a llamarle así? pasó a su lado, y Jaime sintió que el corazón le latía con fuerza. Delante de la valla, alargó sus brazos menudos, repitió su nombre y pidió que cogiera el dibujo. ¡Jefersson, Jefersson!, gritó, pero no hubo forma. El deportista, atrincherado en sus descomunales auriculares miró un momento y siguió su marcha al autobús.
El niño sintió la mano de su padre acariciarle la cabeza.
-No lo ha cogido, papá.
-Bueno -trató de consolarlo su padre?, guárdalo y en otra ocasión se lo das.
Pero Jaime, 9 años, con el dibujo de su héroe en el papel, tenía las lágrimas saltadas.
-Vámonos a casa, papi. Tengo frío.