Swennsson y el bicho rastrero

31/07/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Michael Olsen Lapollarsson (oigan, no se rían, los apellidos noruegos a veces suenan así, no es culpa mía) medía casi dos metros, tenía la espalda como un armario de una conocida marca de muebles con dos puertas y un espejo en medio, y una musculatura que pártase usted de Stallone hace 30 años. Con los ojos azules, rubio y vestido siempre de Armani, traía loca a Encarnita, la vecina soltera del 5º A (bueno, a la del 5º A y al resto de mujeres, a los que se le ponían los ojos como una breca cuando le veían aparecer). La cuestión es que a la vecina, además de que no sabía inglés, noruego ni chino mandarín, tampoco se le ocurría excusa alguna para dirigirse al nuevo vecino. Pero hete aquí que una calurosa noche de julio, mientras se culturizaba viendo Tele5, vio una cucaracha. No, no, la cucaracha no salía en la tele, subía por el techo, negra, grande y con las antenas de un lado para otro, tiqui, tiqui, hacia el techo. Dio un grito (ella, no el bicho) e, instintivamente salió corriendo hasta el descansillo (vamos, que la chavala no estaba para quedarse a dormir en la selva). Ah, ¿y qué pasó? Si, que justo entraba en su casa el guaperas nórdico.

Encarnita, como pudo le pidió que entrara y el noruego, con la sonrisa de un piano, entró sin comprender nada, en tanto a Encarnita, la lívido se le fue a tomar por saco, y ni la presencia del tiparrón lo arreglaba. No mientras la cucaracha rondara por allí.

El noruego seguía sin entender, hasta que entró al fin en el salón y vio al bicho cerca de la lámpara. No puede decirse que se envalentonara, no. De hecho, Encarnita creyó escuchar en el vecino un ruido sospechoso saliendo de aquella parte donde la espalda pierde su nombre.

(CONTINUARÁ)

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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