Apenas quedaba ya nada en su sitio en la mesa de fin de año. Quiero decir que lo que había no era ya más que un bosquejo, un recuerdo desdibujado de platos de vajilla para las ocasiones como aquella; cristalería cara y cubiertos ingleses con muy poco uso.
El mantel estaba sembrado de miguitas de pan y algún lamparón de vino derramado, y había botellas de anís, brandy y Jerez vacías o por la mitad.
Habían sonado las campanadas, se había aplaudido la llegada del nuevo año en casa de los Ramírez-Cantarote y todavía con el sabor de las uvas endulzándole el paladar, Beatriz, 18 años, piernas largas como la noche que tenía por delante, y unos tacones de vértigo, salía a despedirse de los suyos para acudir a una fiesta con sus amigos del instituto.
-¿Qué tal?
-Guapísima, hija -dijo su madre apurando un traguito de anís.
-¿No te has pasado un pelito con esa faldita y esos tacones, hija? -bufó el padre.
-Es fin de año, papá -dijo Beatriz, que esperaba aquel reproche.
-Pues por mí te ponía unos pantalones. A la fuerza, vamos. Que más bien pareces una buscona -lanzó desabrido. Luego siguió la retahíla de peros, de quejas y de reniegos. Acaso crecido por alguna copa de más, llamó fresca a su hija, desvergonzada y unas cuantas cosas más que estuvieron a punto de hacer llorar a la niña, quitarse la ropa y meterse en la cama. Su madre se lo impidió.
-Vete y diviértete, hija. Yo me voy a la cama ya - le dijo.
El padre se levantó, dijo que en aquella casa no había vergüenza y se fue a tirar la basura.
Hacía frío. Después de echar la bolsa en el contenedor, aún agitado por la bronca, le sonó el teléfono.
Era su vecina del tercero.
-Marisa… ¿Cómo se te ocurre llamarme a estas horas? ¿Que vaya a tu casa…? ¿Ah, que tu marido está doblando guardia…? Pues claro, claro que voy. Encarna debe estar ya medio frita. Anda, ve preparando una copita, cariño, que esta noche no la olvidas.
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