Fijo que el histórico Juan de la Plata tiene catalogados a la perfección el puñado de locales no menos históricos de estas características que se contaban en el Jerez de otro tiempo, pero yo en mi infancia solo tengo memoria para recordar uno de ellos. Allí estaba con sus robustas sillas metálicas y su recoleto ambigú, y su luz tenue y su moqueta hecha a base de cáscaras de pipas. Junto al parque zoológico, a veces hasta se colaba entre su vetusto patio de butacas el rugido del león, que ya por aquel entonces era algo mayor, un tanto traspuesto en la medianoche. Era el mítico, al menos para mi, Terraza Tempúl. Tras él, apenas se mantuvo algunos años el Astoria de la calle Francos, pero qué recuerdos me dejó este cine de verano. Cuántas horas de diversión barata al fresco de las noches de julio y agosto. Era como si cuanto menos tuviéramos más felices fuésemos. Creo que allí no vendían ni palomitas, si acaso bolsas de pipas y alguna que otra cerveza y refresco. Y también recuerdo que siempre, siempre iba pertrechado con un perrito caliente casero para cenar rápidamente allí mismo, en el mismo sitio donde nos plantábamos familiares y amigos a disfrutar casi todas las noches de lo que aquella enorme pantalla quisiera vomitar, fuese bueno o malo, fuese casi siempre entretenido o a veces insufrible: de Bud Spencer a Eddie Murphy, de Cocodrilo Dundee al pato Howard. Daba igual. De hecho, la mayoría de películas que recuerdo que allí vi eran estrenos ya pasados de rosca en la gran pantalla de finales de los 80 con escasa trascendencia cinematográfica, celuloide barato que, en cambio, aportaba toneladas de ocio y diversión en las tórridas noches veraniegas. Hollywood centraba las proyecciones, si bien a veces se colaban obras de gran interés como aquellos Los intocables de Eliot Ness. Una imponente obra de cine negro que se desarrollaba durante la Ley Seca y cuyo argumento básicamente se resumía en la esforzada caza del gánster Al Capone a manos del tal Eliot Ness. El duelo trepidante de Kevin Costner y Robert de Niro con 25 años menos en sus rostros aún me sigue estimulando y por aquel entonces me impresionó. Como aquella famosa escena ralentizada en la escalera de la estación inspirada en El acorazado Potemkin, en la que el bueno de Ness detenía un carrito de bebé que se le escapaba rodando a su madre en medio de un brutal tiroteo entre los federales y los mafiosos. Grandes recuerdos de las veladas en el Terraza Tempúl que cada año por estas fechas se me vienen a la cabeza y me devuelven a un periodo mágico que lleva impreso esa extraña ley que dicta que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sinceramente no lo creo, aunque mientras me acuerdo de aquel destartalado cine de verano, con su espesa moqueta de cáscaras de pipas, sus miserias y su pantalla humilde, y que tantos años después es mitad centro comercial, mitad aparcamiento, maldigo que nunca más Jerez haya contado con nada parecido para que otros, y yo mismo, disfrutaran tanto como yo disfruté de aquello en esa otra época crepuscular de la ciudad que fue la última parte de los años 80 del siglo pasado. Al menos este verano nos queda darnos un paseo a la vecina El Puerto y seguir experimentado el placer de disfrutar del cine en pantalla enorme y al aire libre. Por cierto que esta semana han presentado la programación y la cosa promete: entrada gratuita y cine clásico en versión original subtitulada. ¿Alguien puede tomar nota?