Tragedia

13/02/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

El cuchillo tenía restos de sangre y Marilia, aún desnortada por lo que acaba de ocurrir, apenas pudo sujetarse en la mesa para después desplomarse sobre la silla. Todo le daba vueltas y sentía una y otra vez la afilada hoja de acero penetrar en su piel.

El teléfono estaba demasiado lejos y se sentía incapaz de levantarse para pedir ayuda. Lo único que se le ocurrió fue echar la vista al suelo, pero allí también encontró alguna gota de sangre, de modo que cerró los ojos mientras sentía una enorme sensación de ahogo.

Si Mariano, su hijo o su vecina, que siempre se colaba a horas intempestivas, estuviera por allí, quizá no habría podido evitar la escena, pero al menos ahora estaría ayudándola. Pero no. Se sentía sola, terriblemente sola, y el pánico acrecentaba su angustia y su desesperación.

¿Cómo pudo hacerle algo así? ¿Cómo pudo Manolo echarse a reír cuando la vio sangrando, mareada y pálida?

-Me voy a por las cosas para el desayuno -dijo. Y cerró la puerta y se marchó. Allí la dejó hasta que regresó con la bolsa de donde sobresalían dos barras de pan caliente.

-Eres cruel, Manolo -le espetó ella.

-Y tú una exagerada. Anda, déjame que vea eso…

-Ay…

-Es un tajito, pero nada más. Anda, levanta despacio y vente al cuarto de baño.

Allí le lavó el cortecito con agua oxigenada, le puso mercromina y una tirita.

-Cagueta-le dijo dándole un beso en la mejilla.

Ella sonrío y le devolvió el beso.

-Ya sabes, cariño, lo que me marea la sangre, por poca que sea.

Después se fue a la cocina, apartó el cuchillo, la cebolla para el guiso a medio cortar, y esperó que el café estuviera hecho para desayunar con un buen trozo de pan recién hecho.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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