Ursulino Fuentes Lafresca se levantó con la sensación de que iba a tener un mal día. Y no se equivocó. Bueno, sí. Lo de mal día se le quedó corto. Fue apocalíptico. Nada más llegar al trabajo su jefe lo pilló fumando en el patio trasero, algo completamente prohibido por la empresa. Luego le cayó encima un tocho de fotocopias para hacer antes de que acabara la mañana, con los folios comprados en un chino y la máquina atascándose cada cuatro copias. Mal que bien, después de pelearse con la copiadora, logró sacar el trabajo adelante, aunque acabó con un dedo vendado porque en una de las ocasiones se pilló la mano con el cajón de los folios.
A salir a comer se encontró su restaurante habitual cerrado por defunción, de modo que le tocó ir al asiático, con lo que eso suponía: apretón seguro. Y así fue. Salida escopetada del restaurante para ocupar el servicio de la oficina.
A la salida, ya de noche, hacía un frío que pelaba, pero antes de que llegara el autobús que le acercaría a casa un tipo le sacó un cuchillo jamonero y le dijo: hola, ¿qué tal? Anda, dame la cartera, el móvil y el abrigo. Ah, y también los zapatos, que me molan. Todo eso con la hoja pegadita al cuello. Se lo dio todo, claro. Y no le cantó La Traviata porque no se lo pidió que si no se la canta también. A todo esto el autobús que no viene. Hay un cartel que lo dice: Huelga. Servicios Mínimos.
Y qué frío. Nadie en la calle. Ni taxis. Pues nada, andandito, se dice tiritando. Menos mal que no llueve.
A los cinco minutos cae el diluvio universal. Un coche pasa a toda mecha y pisa un charco con la ruedas. Ni una gota fuera. Todas para Ursulino.
Deja de llover. Ventea.
Llega a casa. Su mujer está en la cocina y le oye llegar.
-¿Llueve, Ursu?
-No ?balbucea a punto de llorar.
-Pues ha caído la mundial hace un rato. ¡Anda que no tienes tú suerte ni nada, hijo!
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)