Una inmensa fortuna

19/09/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Aparcó despacio, pero no pudo evitar que el retrovisor izquierdo, cromado y rutilante, se arañara con la columna del garaje. Un coche nuevo -y tan grande- tiene esas cosas.

Armando se bajó del automóvil y sintió, al ver espejo roto, como el sudor le empapaba el cuello y la nuca. Maldijo primero en voz queda, luego trató de colocar el retrovisor en su sitio, pues también se había desencajado. Fue inútil. Aquella complicada pieza venía motorizada de fábrica y no era algo que pudiera arreglar él mismo. Su disgusto se convirtió con el paso de los minutos en frustración, y de la frustración pasó al peor de los enfados. Soltó reniegos, voces y lamentos. El coche de 75.000 euros, sacado del concesionario un día antes, ya tenía un desperfecto.

Tendré -pensó- que ir al taller a que lo reparen y coger el coche de Marga para ir a la oficina. Y eso llevará unos cuantos días.

Siguió mirando el retrovisor, maldiciendo sin importarle que algún cliente del parking pudiera oírle.

Quiso llorar. Pateó el suelo y blasfemó hasta que vio rodar una pelotita con dibujos de Mickey.

Se agachó a cogerla y al levantarse lo vio. Era un chico muy joven, apenas un niño. Sentado en su sillita espacial, acompañado de su madre que le secaba la baba, sonreía al ver que su pelota no se había perdido.

-Gracias -dijo la señora al recibir el baloncito.

Entonces la mujer y el hijo se alejaron.

Armando se quedó viéndolos. Después, en silencio, recordó las manos retorcidas del joven, el cuerpo deforme y la cabeza abultada donde habitaban aquellos ojos inocentes. Se acordó del espejo del coche y la sonrisa del niño feliz con la pelota de Mickey en las manos. Entonces, sintiendo vergüenza de sí mismo, sintió que el rubor le quemaba las mejillas. Después, salió del aparcamiento.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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