Mientras la rumana del Gallo Azul escapa de la ciudad capital a la capital de la provincia para seguir dando falsas cojetadas en el Mentidero; los ecoprogres (con cariño) se arañan para arriba ante la posibilidad cierta de que una red completa y en condiciones de carriles bici se evapore por las luchas partidistas más absurdas; y la surrealista guerra del fútbol encubre los verdaderos problemas de alcance de una ciudad ajada, una expedición municipal encabezada por la sobreexpuesta munícipe pasará el fin de semana bajo los efectos de la luminosa Marsala, quinto municipio siciliano sin ser capital de provincia. ¿Les suena? ¡Ah, la bella Sicilia!, cuna de la mafia, de la cosa nostra, de la mortadela siciliana. Vámonos que nos vamos. En su costa occidental se halla Marsala, asolada en el pasado por los piratas, devastada por los vándalos, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial por los británicos. Tan decadente. Tan lejos, tan cerca.
Allí Jerez, tan igualmente decadente, tan lejana, tan cercana, crepuscular como un western de Peckinpah, se jugará su particular candidatura a Ciudad Europea del Vino 2014, que en la práctica no significa prácticamente nada pero que, de producirse la designación, a buen seguro será festejada y vendida por nuestros gobernantes como si de la consecución de unos Juegos Olímpicos se tratara. Ya verán que alguno incluso les cree. Y es verdad que sonaría bien eso de tomar una relaxing cup of Tío Pepe in Plaza del Arenal si no fuera por la pringosa mugre que invade cada rincón del salón noble local y su periferia. Porque Jerez no sabe qué quiere ser de mayor, no sabe cantar, ni bailar, ni tocar, pero no se la pierdan. Las excelencias del audiovisual creado para la ocasión vendiendo las excelencias de este bello terreno yermo, y más concretamente de sus valiosos caldos, bien valdrían la designación por decreto, sin más esperas ni incertidumbres. Y por supuesto obviando a Cambados, tierra pontevedresa que no sabemos si contará con el apoyo fraterno del presidente Rajoy en su pugna contra Jerez.
Sea como fuere, no esperen ustedes que tal designación, de producirse finalmente, pudiera cambiar demasiado el curso de los acontecimientos a corto y medio plazo. Las bodegas hace ya demasiados años que pintan y ponen muy poco por estos lares (sus ganancias están más en otros pagos que en los nuestros), y los tabancos, un poner, son ya más de poner cañas de Cruzcampo y cubatas de garrafón que vino de Jerez a granel. Si alguien a las dos de la tarde pide una copa de palo cortado en un bar al azar, lo mismo le toman por loco y le invitan a paseo. Pero el caso es aspirar a cosas, aunque todo forme parte de un decorado que no resistiría un soplido de Levante en Tarifa. Como aquellas falsas fachadas en la que se lee Saloon en pleno desierto de Tabernas. Algo parecido a una de las asombrosas ideas que, según he oído hace poco, tiene algún que otro gobernante nuestro para tapar la vergüenza y barbarie de nuestro centro histórico derruido. Grandes ideas para hijos predilectos.
Hace unos años, los responsables políticos, especialmente los locales, se inventaban grandes fastos para tratar de arrancar a las administraciones supramunicipales inversiones extra en infraestructuras, generalmente cuanto más faraónicas mejor. Podríamos decir que aquello empezó con la locura de la Expo y la Barcelona 92, pero ahí queda para los restos el fantasma del Segundo Puente sobre el río Kai que va camino de convertirse en un mamotrético espectro del pasado. Veinte años no son nada, y menos son 500 millones de euros de pelotazo con consignación presupuestaria que harían palidecer a esa monstruosidad de solar que es la Ciudad del Flamenco. No hay color. Pero hete aquí que tras el bicentenariazo de Cádiz y ese fugaz paso del ya olvidado Doce con todas sus castas, donde por no llegar no llegó ni el tren de la Velocidad Alta, o viceversa, solo quedan conmemoraciones o distinciones internacionales menores con las que al menos el ciudadano gane algo de autoestima y recupere una pequeña dosis de orgullo localista con el que tirar para adelante. Que nadie espere grandes conquistas pero, al menos, si Jerez logra convertirse este fin de semana en Ciudad Europea del Vino podremos volver a decir que seremos primeros en algo. Y eso, visto lo visto, quizás ya sea mucho en este viaje a ninguna parte.