El AVE abandonó la estación con un vaivén imperceptible, hasta que alcanzó tal velocidad que parecía volar a ras de suelo. Los viajeros se habían acomodado ya en sus plazas y desplegaban la prensa, miraban por la ventanilla el final del paisaje urbano, o simplemente hablaban.
La joven charlaba animadamente con el joven de su derecha, y a Arcadio, vanidoso y engreído donde los hubiera, le indignó ver a aquel bellezón de mujer viajando con el otro muchacho, un chico de tez pálida, acné y prematura calvicie.
Desde luego, pensó, tiene cojones la cosa. Yo aquí solo y este gilipollas con ese pedazo de bombón. No sé qué tendrá el paisano, aunque me lo imagino, porque no se entiende. Míralo, con las gafitas de sol puestas, el muy vacilón. Normal, ¿cuándo te habrás visto en otra de estas, chaval? Seguro que tienes las Ray Ban puestas para que la torda no se percate de que le estás mirando todo el viaje las tetas. Pero te entiendo. Porque vaya yegua llevas como compañera de trayecto…
Y así anduvo Arcadio, 57 años, barriga cervecera, piernas de grillo y hombros nevados por la caspa.
Hijoputa, pensó otra vez. Lo que yo daría por tener un asalto con tu novia.
La voz grabada anunció la siguiente estación con parada, y el hombre vio cómo los dos se levantaban. La sangre le hirvió de pura envidia.
-Vamos, Pepe, creo que he visto a mamá -dijo la joven.
La muchacha tomó a su hermano del brazo, le dio su bastón y lo guio hasta la salida.
Por un segundo, Arcadio se ruborizó al ver a aquellos dos hermanos, y que la chica, joven y guapa, fuera su lazarillo. Pero después chasqueó la lengua el maldito, sonrió maliciosamente y dijo en voz queda:
-No sabes lo que te pierdes, desgraciao.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)