Ángeles y cabrones

22/12/17 +Jerez Pablo Fernández Quintanilla
Ningún otro medio de comunicación publicará lo que voy a contar. A la una y media de la madrugada del pasado sábado, un vehículo con cuatro o cinco ocupantes -las versiones se contradicen a este respecto- giró de forma indebida en el semáforo situado en la avenida Álvaro Domecq, a la altura de la Audiencia Provincial. Se metió hacia calle Paúl mientras desde calle Sevilla circulaban hacia el frente coches y motos. No tocó a un turismo azul por cuestión de medio segundo, y no arrolló a una moto porque su conductor tiró de freno sin saber si se iría al suelo. La maniobra del coche azul -o gris, no existe unanimidad al respecto- es de esas que no son sólo prohibidas sino prohibidísimas. Se ahorró un total de tres minutos en llegar a calle Paúl, los que se tardan en rodear el Mamelón por la boca del parking subterráneo, y eso si te encuentras alguno de los semáforos de calle Sevilla en rojo. Ese motero tuvo suerte, porque a pesar de la humedad del fin de semana, a esas horas no caía relente y el asfalto estaba seco. Si no, muy probablemente, con el temido ‘baile’ de la rueda trasera, habría acabado encajado de un coche del coche intrépido, que era un Ibiza o un Polo -igualmente, hay controversias sobre la marca-, que como tratando de meterse entre la hilera de coches que se encaminaban hacia la avenida, el giro lo hizo acelerando. Por suerte, a pesar de que había mucha gente, y a pesar de que el paso de peatones del principio de la calle Paúl estaba en verde, tampoco se llevó a nadie por delante. Ningún otro medio de comunicación publicará esto porque no ocurrió nada. Puedo agradecer que tan sólo soy víctima del terrible acojone que sufrí, que me subía desde la barriga hasta el cuello. Pité cuando estabilicé la moto a un coche que ya volaba por mitad de calle Paúl como si acabara de robar un banco. Me pasé el día siguiente pensando en que si publicaba algo, lo titularía ‘A ti, conductor hijo de puta, para que me leas’, y saltearía los párrafos con ‘espero que el día que tengas un accidente, la víctima seas tú y no nadie inocente’.

Mientras terminaba de pensar el contenido en la mañana de este lunes, en una clase de derecho procesal II de la UCA, me di cuenta que estaba presenciando algo extraordinario. Algunos alumnos, para subir nota, redactan los últimos temas del curso y los exponen en clase, y hoy le tocaba a esa chica de primera fila cuyo nombre, como en el caso del conductor, tampoco conozco. Es prácticamente ciega. Cada letra de los apuntes que toma ocupan prácticamente la pantalla completa de su portátil. Y se había aprendido todo su trabajo sin notas en la mano, sin dudar. A viva voz ante una clase de estudiantes que apenas son una mancha amorfa o una casi total oscuridad, no lo sé. Dándole vueltas al anillo de su mano derecha, venciendo a la timidez, declamando a la vez con seguridad las etapas del proceso de ejecución cautelar de las sentencias. Y, puesto a dedicar a los anónimos unas líneas, prefiero que sean a todos los anónimos que dan lecciones a su alrededor de perseverancia, de esfuerzo. En este mes de diciembre, apenas he dedicado aún algún ratito a ese manual, y ella, en cambio, con la dificultad que entraña leer letra por letra un texto de procesal, lentamente, con lo sencillo que resultará descontextualizar cuando no puedes ojear las páginas anteriores para retomar el hilo, ella en cambio se había aprendido el tema y nos lo estaba contando. Y pienso en esa otra alumna ciega, cieguísima porque va con su perro guía, y con la cual alguna vez he coincidido en la biblioteca. Y me hablan de una letrada jerezana que se encuentra en las mismas y a la cual no conozco. Quizás ninguna de las personas de las que hablo aquí jamás me lean. Qué suerte que en Jerez tengamos a grandes ejemplos. Valen más líneas que los tontos que, por tres minutos, estuvieron peligrosamente cerca de quedarse con todos mis minutos. ¿A qué tanta prisa, chaval? Lo importante es aprenderse el temario, aunque tardes el triple que los demás. Aunque lo tengas que leer con los dedos. Más vueltas da esta compañera de clase para leer cada línea, y a día de hoy sabe más de procesal que yo y que tú. Lo mismo, el día que la cagues de verdad, el día que el suelo esté mojado y venga una moto tranquilamente por su camino, tienes la suerte de que ella sea tu abogada. Lo mismo su conocimiento te ahorra algunos minutos, días, meses o años en Puerto III. Y tu historia saldrá, entonces sí, en todos los medios de comunicación.


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