Era uno de esos sábados luminosos, jubilosos también. Jugaban los críos a la pelota en la plazoleta, y los que no, paseaban en sus bicis. Charo va con una bolsita de la farmacia en una mano y la talega de tela con el pan en la otra, camino de su casa.
A medida que se acerca a la casa ve a un grupo de críos jugando al esconder. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez… ¡Quien no se ha escondido tiempo ha tenidoooooo!" Avisa una chiquilla de precioso pelo negro con dos trenzas. Salen antes pitando los otros niños a esconderse detrás de los coches, tras un banco o en una esquina. Pero Charo lo ha visto desde hace un rato. Un hombre contempla la escena apostado tras otro coche, con media sonrisa, viendo a los críos jugar.
La señora se acerca a una de las niñas, la que ha contado hasta diez y le advierte muy preocupada:
- Hija: tened cuidado que tras el coche azul (palabras textuales) un hombre os está espiando, y tiene una pinta de facineroso…
La cría se sorbe los mocos, mira hacia la esquina y sin entender muy bien la palabra dice: "¿Facineroso? No, está jugando con nosotros. Es mi padre".
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)