El Inspector (VI)

15/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Reconozco que de pequeño mis padres nunca me llevaron a ninguna tómbola. En realidad, no recuerdo que en Nueva York hubiera muchos tenderetes vendiendo papeletas. De todas maneras, el trabajo es el trabajo, y ahí estamos. Hoy ha tocado inspección de tómbolas. Un regalito, nunca mejor dicho.

Ya dije en anteriores informes que lo del ruido de la Calle del Infierno es espantoso, horrible. Te tiras un rato allí y llegas a tu casa con un pitido en los oídos que te dura hasta que se va el último tío de Los Puitos después de desmotar la Feria.

Bien. Lo primero que he apuntado en mi informe (esta vez no me ha hecho falta hablar con nadie porque todo salta a la vista), es que en la tómbola se apretujan los jamones, los televisores, los peluches gigantes de Dora y los aparatos de música fabricados en la República del Congo.

Acercándome a los productos alimentarios como el jamón (esmirriados y con más mala cara que un chino vomitando, todo hay que decirlo), observé que la fecha de caducidad venía en números romanos, seguidos de las iniciales A.C., lo cual es cuando menos, bastante sospechoso. Del mismo modo, observé que los aparatos electrónicos tienen la misma seguridad que una atracción de la feria de Tailandia, y que no cumplen ni una sola norma que, como todo el mundo sabe, exige la Unión Europea, ese organismo que nos pegó el clavazo con los euros y sanciona a los ganaderos y agricultores cuando les sale del pito. Pero, me estoy desviando.

He apuntado en mi informe que, a pesar de la sospechosa naturaleza de lo que se sortea en las tómbolas, todo el mundo está dispuesto a comprar unos números para tentar a la suerte (visto lo visto, lo chungo es que te toque algo).

Naturalmente, los números se cantan en unos altavoces conectados a todo meter, de manera que allí, como en una jaula de grillos, no se aclara nadie. Lo más curioso es que la gente, a pesar de gastar una pasta y no llevarse nada a casa, se parte de la risa. Inaudito.

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