La persiana

15/08/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Paco llegó con su caja de herramientas, que pesaba como una trampa vieja. Saludó a doña Angustias, quien la llevó hasta la salita de estar.
-Ayer fui a levantarla y se me partió la cinta.
-No se preocupe usted, doña Angustias, que mientras se prepara usted la merienda le arreglo la persiana.
Se fue doña Angustias a la cocina mientras Paco desmontaba la tapa para acceder al tambor. Había arreglado aquella persiana al menos 5 veces ya. Conocía el mecanismo mejor que ningún otro.
Hacía calor. En el televisor encendido había un canal de noticias de 24 horas. De espaldas, mientras empezaba a caerle el sudor por la frente Paco, escuchaba la voz del Ministro de Economía y Hacienda hablando de la economía sumergida, de la cantidad de millones de euros que movía, del PIB, y de otras muchas cosas que Paco no entendió bien.
-Tenemos que erradicar el problema, no podemos permitir que los trabajadores esté sin control, sin seguro.
Y Paco, sudando, pensó en sus dieciséis años desempleado, en los 58 tacos que acaba de cumplir, y en que si no fuera por esas chapuzas, ni su esposa ni él, ni su hijo, de 25 años, tendrían qué comer. Entonces, subido a la escalera, con la espalda echa polvo, se cagó en todo, maldijo y soltó sapos y culebras porque aquel tipo hablaba de algo sin pensar -o importándole muy poco- que tras esa economía había muchos como él que hacían aquello o lo otro por pura subsistencia.
En medio de todas esas palabrotas se hallaba cuando entró doña Angustias con dos tazas de café.
-¿Ocurre algo; Paco? Le he escuchado quejarse.
-Nada -dijo el hombre bajándose de las escaleras -la maldita persiana, señora, que no vea usted si me está dando sofoco.

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