Una cuna hecha un poema

09/08/13 +Jerez Por Paco Sánchez Múgica

¿Quién te vio y no te recuerda?, declamaba Lorca acerca de la que el poeta denominó como ‘ciudad de los gitanos’. Jerez, génesis del arte jondo. Ciudad del Flamenco. Casa y cuna. Santo y seña. Pero si algún día te vieron, ya no te recuerdan. Chacón se quedó sin calle para dedicársela al cazón y su busto de San Agustín desapareció en combate y nadie supo nada más de él pese a los esfuerzos rastreadores del bueno de José Mari Castaño; a Manuel Torre no hay Dios que le reconozca, tan escondido, tan sepultado; ni Lola ni La Paquera tienen casa-museo; y más que homenajes politizados y chuscos, lo que Juan de la Plata merecería es como mínimo una avenida y, fundamentalmente, un espacio amplio donde almacenar, catalogar y exhibir con orgullo las joyas de la Cátedra de Flamencología que un día me enseñó y que se dedican a acumular humedad en un cuartito del Palacio Pemartín, sede del cementerio (blanqueado) andaluz del flamenco.  Si alguien vio esta ciudad de los gitanos hoy no recordará casi nada. La ‘catedral’ de Santiago cerrada a cal  y canto, casi expoliada; el solar de la Ciudad del Flamenco que pudo ser y nunca fue, a lo suyo, criando jaramagos y escombros… ¿Qué se hace aquí por conservar y preservar nuestra mayor singularidad frente al mundo? ¿Qué se hace, peor aún, por generar riqueza gracias a este tesoro tan nuestro? ¿Los Viernes Flamenco? Es como si un visitante va a El Prado y le advierten de que los cuadros de Goya sólo se pueden contemplar un día a la semana. Esta Sagrada Familia a medias que es nuestro flamenco jerezano malvive ahogada en su potencial y en un continuo ‘podría’. No se trata de arrasar los patios de vecinos de San Miguel, ni de destrozar con fealdades urbanísticas lo genuino. Aquí no vendemos cigalas, ofrecemos el amontillado viejo bien criado en la garganta de Manuel Moneo y la sabiduría musical de Manuel Morao. Monumentos a los que habría que visitar ineludiblemente para tratar de desentrañar los misterios mismos del flamenco. Pero las peñas están cerradas  y los tablaos ni están ni se le esperan. Si somos al flamenco lo que Viena a la música clásica, ¿por qué tanta desidia, tanto desorden, por qué todo tan desaprovechado, tan poquísimo interés? Como mucho, uno se topa con algún cantaor callejero mal encarado y borrachín que le hará un fandanguito para que se haga una idea aproximada. Hay también un francés, Camilo, que casi, casi borda el noble arte del plagio. Algunos entendidos dicen que tiene pellizco y quejío. Y luego, claro está, tenemos el pseudotablao del Arenal. Que sorprendentemente va a más a cada verano que pasa. Este año ya cuenta incluso con equipo de sonido 5.1 y el reproductor tiene hasta su mesita coqueta para éxtasis (léase patatús) de turistas y aficionados al cante que duele. En ese recoleto escenario (vale sí, un palé de madera), hay una chavala que hace las veces de bailaora. Con su braceo, sus escobillas y sus replantes y todo. Alucinante. Más de un curioso se para y algún jerezano lanza un ole por lo bajini, medio ruborizado. Yo me abochorno cada vez que paso porque no podemos exportar esa imagen al exterior. No podemos permitirnos que alguien pueda pensar que este es el flamenco de Jerez porque es casi lo único que lo atestigua cuando el visitante (o yo mismo) va en su búsqueda. Porque entonces de verdad les digo que si esta fue la ciudad de los gitanos o la cuna del flamenco, quién la vio, ya no la recuerda. Fin de la cita.

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